Belgica 3ª Parte. Luz al final del túnel
La pesadilla continúa. Las bajas temperaturas contribuían a que los hombres estuviesen siempre fríos y húmedos, por lo que optaban por mantenerse juntos para conservar el calor. Sin embargo, las horas y los días pasaban lentamente y apenas intentaban comunicarse, sobre todo debido al problema del idioma. Aquél barco atrapado en la inmensidad del hielo era una pequeña torre de Babel.
La tripulación comenzó a padecer espasmos musculares, depresión y un constante deseo de huir unos de otros. A principios de mayo Emile Danco había caído enfermo y unos días más tarde, el 5 de junio de 1898, falleció a causa de una neumonía y un corazón muy debilitado.

Los hombres se habían cansado rápidamente de tomar siempre la misma dieta, que se basaba en productos en conserva. El Dr. Cook les convenció de la necesidad de comer carne fresca de foca y pingüino por motivos sanitarios; éstos, sin ser numerosos en las inmediaciones del buque, constituyeron sin embargo una fuente calórica casi ordinaria durante los últimos meses del invierno. A pesar de las perturbaciones cardíacas durante el periodo de oscuridad, esta dieta ayudó a mantener un buen estado de salud.
Gerlache intentaba mantener ocupada a la tripulación por lo menos ocho horas diarias, destinando a sus hombres a distintas tareas. Cuando también el capitán cayó enfermo, Amundsen se halló de repente al mando del barco. Calmada y metódicamente envió partidas a cazar focas y pingüinos y puso a los hombres a confeccionar ropa de abrigo con las mantas de las que disponían.

Las primeras luces asomaron por el horizonte el 21 de Julio de 1898. Aunque la temperatura se situaba alrededor de los -37º C, la tripulación aprovechó la vuelta de la luz para reanudar los trabajos de investigación, mientras partidas de trineos inspeccionaban los alrededores de la placa helada.
Aunque el invierno tocaba a su fín, el carbón y el aceite para las lámparas comenzaba a escasear. En el ambiente se mascaba la preocupación: cabía la posibilidad de pasar un segundo invierno entre los hielos y la certeza de una muerte segura comenzaba a tomar forma en sus pensamientos.
En los meses siguientes algunas grietas se abrieron en el hielo pero, para desesperación de la tripulación, rápidamente se volvían a cerrar. La Navidad de 1898 “fue celebrada” a bordo de la nave, aunque el último día del año les trajo una buena noticia: un canal de agua se había formado a unos 600 metros del barco. Se midió la profundidad del hielo circundante, que reflejaba entre 1 y 2 metros de espesor, y se tomó la decisión de intentar realizar un corredor en el hielo desde el canal hasta el barco. Un esfuerzo ímprobo al tener que demoler 3000 metros de hielo y que les obligaba a comer seis veces al día.
Por fin, después de un trabajo agotador, los pocos tripulantes aún con fuerzas consiguieron abrir, con palas, picos y explosivos, un camino a través del hielo hasta el canal de agua. Pero ni aún así quedó del todo libre el Bélgica. Pasó otro mes cautivo en el extremo del canal por una mole de hielo que no podía perforarse ni separarse. Del otro lado, el mar libre subía y bajaba, lanzando témpanos contra el barco atrapado.
El 15 de febrero de 1899, a las 2 de la mañana, Gerlache fue despertado por el marinero de guardia. ¡El canal que habían hecho estaba de nuevo abierto! El motor se encendió de nuevo por primera vez desde el 2 de marzo de 1898, y el Belgica volvió a moverse por su propia inercia, avanzando metro a metro por la estela dibujada por los hombres en el hielo. Sin embargo, todavía restaban 10 kilómetros hasta el mar libre.

Después de 13 meses de encarcelamiento y una deriva de 1.700 millas (17 grados de longitud), el 28 de marzo de 1899, bajo el mando de Amundsen, el Belgica salvó definitivamente la barrera y puso rumbo al norte.

















